El Mar Tenía Un Precio: Dos Billones De Euros


La humanidad comienza a descubrir el inmenso capital natural azul que atesora. Economistas cifran en dos billones de euros sus beneficios, pero su valor es diez veces el PIB mundial
17 may 2026 . Actualizado a las 04:45 h.Kiyoshi Kimura, propietario de la cadena de restaurantes Sushi-Zanmai, suele ser el que se lleva el mejor atún rojo que se pone a la venta en la primera subasta del año en la lonja de Toyosu. En enero pasado pagó por esa pieza 2,78 millones de euros (510,3 millones de yenes), una cantidad nunca antes desembolsada por ese pescado. Ahora bien, ¿cuánto valdría vivo ese ejemplar? Desde luego «los océanos valen más vivos que muertos», como rezan las conclusiones del octavo Encuentro de los Mares, (@encuentrodelosmares) el congreso organizado por Vocento Gastronomía que reunió en Tenerife a pescadores, científicos y cocineros. Un foro que, bajo el lema de Capital Natural Azul, trató precisamente de cuantificar el valor del mar. De medir la fortuna que reportan esos mares, océanos y ecosistemas marinos que proporcionan alimento, guardan valioso material genético, secuestran carbono, ofrecen compuestos medicinales, facilitan el ocio y el recreo e incluso, son fuente de inspiración artística.
En eso están científicos, economistas, legisladores y filósofos. Tratando de tasar un patrimonio que nunca se ha llegado a valorar. ¿Por qué? Para empezar, el código justiniano, que es la base del derecho actual, determinó allá por el siglo V que el océano es res nulis y, por tanto, no pertenece a nadie. Y los recursos que este proporciona son res nulius, esto es, del primero que lo agarra. Ese error de raíz se vio agravado hace siglo y medio, cuando esa Ley de Equilibrio General de la Economía, la misma que impuso la dictadura de la ley de la oferta y la demanda, dejó al lado la naturaleza, que no aparece por ningún lado, con lo que quedaba implícito que su valor es cero. Y ya no solo eso. La convicción de que los recursos del océano eran inagotables —como afirmó en un congreso en Londres el biólogo Thomas Henry Huxley al aventurar si no se acabarían los peces con la irrupción de barcos con motores de vapor, capacidad de refrigeración y posibilidad de alcanzar mares más lejano— hizo caer sobre el capital marino la tragedia de los comunes, esa teoría según la cual los bienes que no pertenecen a nadie tienen a esquilmarse.
Y así ha sucedido, como explicó Carlos Duarte, catedrático de Ciencias Marinas en la Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología de Arabia Saudí (KAUST) y asesor científico del Encuentro de los Mares, que contrapuso lo que ocurre con mares y océanos a lo que sucede con los bosques, que se compran y se venden (quién no ha escuchado lo de 'cómprate un bosque y piérdete'), pues tienen un valor económico en el mercado. Manglares, bosques de coral, praderas marinas o masas de agua llenas de peces, con todos los beneficios que generan para la economía, no están valorados ni presupuestados. Y, sin embargo, encajan perfectamente en la definición de capital, puesto que «son bienes, que permiten producir otros bienes que generan beneficios económicos». Unos rendimientos que la humanidad obtiene por ese patrimonio de que dispone y que la economista Sandra Damijan, profesora de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Liubliana (Eslovenia) cifró en 2,2 billones de dólares (1,9 billones de euros). «El océano forma parte de nuestro sistema económico, pero lo estamos despreciando y destruyendo», advirtió la experta, reclamando un cambio de mentalidad que pase por gestionar de forma más eficiente una economía oceánica.
Cambio en marcha
Afortunadamente, esa mutación ha comenzado, según Duarte, científico muy dado a ver brotes verdes por doquier. La humanidad empieza a tomar conciencia de su capital natural azul que, se ha visto, no es inagotable. Pero sí recuperable. Ahí está la estrategia de carbono azul, a la que ha contribuido el propio científico en sus orígenes, que canaliza inversiones de acción climática hacia la conservación de ecosistemas marinos y en la restauración de ecosistemas dañados. Son inversiones de países desarrollados, que deben compensar sus excesos carbónicos e invierten en proyectos de restauración natural en países en desarrollo, en una suerte de flujo inverso a la colonización de antaño.
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Uno de las acciones más importantes a nivel global es la restauración de un bosque de manglares, el Sundarbans, entre Bangladés y Pakistán, escenario de El Libro de la Selva y hábitat del tigre de Bengala (Shere Khan o Sir Khan), un proyecto «valorado en mil millones de dólares» que protege a 62 millones de personas. Porque una de las lecciones aprendidas a raíz del tsunami del 2004 que asoló el sudeste asiático es la protección que ofrecen estos ecosistemas, dado que fue precisamente en ese entorno donde menos víctimas hubo y donde las pérdidas en infraestructuras fueron menores.
Pues bien, esas empresas que compensan sus emisiones protegiendo estos ecosistemas generan un flujo económico muy importante, de 10.000 millones de dólares al año. «Es la primera vez en la historia donde se constata un beneficio económico, porque estas empresas no lo hacen por filantropía, sino por ese beneficio económico». Además, el mercado de carbono juega con los precios futuros, de forma que se generan beneficios a los inversores tempranos, añadió. Y, al mismo tiempo, se gana en biodiversidad. «Este esfuerzo ya está aumentando la extensión de estos bosques en un 10 % sobre la superficie del 2000», cuando se tocó suelo en estos ecosistemas. También «es la primera vez en mi experiencia en que el sector privado invierte en que haya más vida marina y restauración» que en extracción.

Pero si el valor del carbono azul es fácil de medir, el del capital natural azul ya no lo es tanto. Tiene varias dimensiones: su papel como hábitat, las especies que ofrecen beneficios, y la rareza de las mismas. Porque en la economía del mercado, cuando algo es raro tiene un valor superior. Ahí es donde se puede hacer una aproximación a lo que valdría vivo aquel que se llevó en enero Kimura para sus restaurantes. Por ejemplo, un kilo de tiburón vivo en Costa Rica genera ingresos económicos por buceo, porque los recreativos están dispuestos a pagar más por practicar su afición donde haya tiburones.
Optimista por defecto, Duarte también ve un enorme potencial ya no solo en el Acuerdo de París, que compromete al mundo a no sobrecalentar el planeta más de dos grados centígrados (uno y medio ya se ha alcanzado, advirtió) y en la Ley de Restauración de la Naturaleza, aprobada en la UE por un solo voto, y que obligará a restaurar todos los ecosistemas terrestres y marinos degradados en el 2050. Una legislación, dijo, que también están preparando Australia y el Reino Unido.
¿Y quién puede tener interés en invertir en este capital? Los Gobiernos, por descontado, pero también «el sector pesquero, los planes de pensiones, compañías de seguros, que ya están invirtiendo en naturaleza pero no saben cómo invertir en mar —apostilla Duarte—, fondos soberanos, empresas con fuertes compromisos en sostenibilidad...

¿Y cuánto vale la ría de Arousa?
Carlos Duarte (Lisboa, 1960) recurre al símil inmobiliario para explicar cómo valorar el medio marino: «El capital natural azul es como el edificio en el que opera el océano y viven todos los animales marinos que generan beneficios para nosotros; esos beneficios son, en el caso del edificio, el pago del alquiler. Es decir, es como el capital inmobiliario, pero en este caso, es naturaleza». Es más, ese edificio está en un contexto, un vecindario, que en el caso de la naturaleza serían, por ejemplo, las rías gallegas, que generan servicios para la sociedad.
—¿Cuánto vale el océano?
—Se valoró en el pasado, pero el problema es que esos números en economía ambiental no eran trasladables al mercado, a un mercado en el que se pueda decir ‘tengo este capital y quiero invertir'. Nadie invertía en capital natural azul por las indefiniciones: cuál es su valor, quién es el propietario... No vas a invertir si no sabes esas cosas, pero el valor del capital natural global es aproximadamente diez veces el PIB mundial. Pero esos son los beneficios en término de rendimientos que podemos obtener hoy, pero hay otros que no podemos porque desconocemos la utilidad de esos recursos.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo: una pequeña lagunita que hay en Formentera, que se llama el Estanque de los Peces. Si enviamos allí a un grupo de economistas ambientales a calcular el valor del capital natural de ese espacio y resulta que ofrece refugio para los barcos, protege la costa, la pradera de posidonia que hay secuestra un poco de carbono, produce un poquito de peixe (sic)... Podrían llegar a calcular que, cada año, el capital natural de esa laguna puede generar unos beneficios económicos en torno a 20.000 euros. Ahora bien, si entras buceando al Estanque de los Peces y te fijas en unas rocas, ves unos pólipos chiquititos creciendo allí que son la fuente de un medicamento que se llama Yondelis, que patentó Pharmamar. La venta de Yondelis genera ingresos de 100 millones de dólares al año, por lo que nos hemos quedado muy cortos en el cálculo. Aparte de ese pólipo hay muchas cosas más, y no sabemos todavía su potencial, que es inmenso porque entra en juego lo que se llama el valor del coste de oportunidad. Así que podemos computar que es diez veces el PIB mundial, pero ese es el edificio desnudo, pues genera beneficios e intereses, como la pesca, todos los años, aunque a veces haya problemas, como ha ocurrido en Galicia con las lluvias.
—¿Y cuánto vale la ría de Arousa?
—La Ría de Arousa, como sistema vivo, genera en torno a 500 a 700 millones de euros a través del cultivo de mejillones (unos 300 o 400 millones); pesca y marisqueo (unos 100 millones), turismo, unos 70, protección de costas y purificación de agua (40 millones), secuestro de carbono y biodiversidad (15 millones). Si consideramos que genera este valor a lo largo de 3 generaciones, es decir un siglo, entonces hablamos de un valor de este capital natural de en torno a 70,000 millones de euros, similar al PIB gallego. Pero esto es estimar por debajo porque la ría ha venido aportando y seguirá generando estos beneficios durante muchos siglos. Podemos decir que es un capital que genera intereses en torno a un 1 % anual en términos de servicios ecosistemas, que supone unos 700 millones de euros al año y la biotecnología podría aumentar mucho este valor.
FUENTE: LA VOZ DE GALICIA
